La imaginación que desaparece
Si a la mayoría de nosotros nos preguntaran cómo nos sentíamos cuando éramos niños, probablemente responderíamos que nos sentíamos despreocupados, libres, que la vida estaba llena de color. Entonces, ¿por qué cuando nos hacemos adultos parece que todo se vuelve gris? ¿Será porque perdemos la imaginación? ¿O quizás simplemente la dejamos de lado? ¿Acaso las reglas y la realidad de la sociedad matan nuestra alegría de vivir? ¿Por qué aquello que nos hizo felices pertenece a lo que consideramos “los buenos tiempos”, que casi nunca son el presente? ¿Será por eso que la mayoría de nosotros considera la infancia como la etapa más feliz de la vida? ¿Porque era una vida hecha de juegos y sin responsabilidades?
Ya no reflexionamos. Para reflexionar se necesita imaginación, no realidad, porque esta última ya nos dice qué pensar, mientras que la primera nos impulsa a hacerlo.
Como cuando de niños jugábamos a encontrar figuras en las nubes. No las veíamos por lo que eran, sino por lo que podían llegar a ser. Pensábamos imaginando. Era un ejercicio perfecto de aceptación de las opiniones ajenas; de hecho, cuanto más diferentes eran esas opiniones, más juego y diversión había. ¿Por qué ya no es así? ¿Por qué tenemos tanto miedo de alejarnos de la realidad e imaginar y, por lo tanto, pensar? ¿Será porque así es más cómodo? No decidimos por nosotros mismos y, de ese modo, parte de esa presión y responsabilidad abrumadoras se descarga de nuestros hombros. ¿Es por eso? ¿Por qué hemos empezado a fijarnos solo en los riesgos de hacer algo y hemos dejado de crear el valor para creer en ello?
08/2026 NIMA

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